El regalo de la familia Purrlington (Español)
En una fría mañana de Navidad, la nieve empañaba las ventanas de la casa de la familia de gatos Purrlington y se acumulaba en los alfeizares, cubriéndolos poco a poco con su manto blanco. En el interior, mamá Luna, papá Oliver, su hija Lily y el pequeño Max dormían en paz. Papá y mamá estaban acurrucados en la cama, agotados tras el ajetreo de la víspera: el banquete, los regalos, los adornos y un sinfín de preparativos.
Max, el hijo pequeño, se despertó temprano y descendió las escaleras en silencio, cuidando de no hacer ruido para no despertar a sus padres. El frío del exterior contrastaba con las cálidas luces navideñas y los coloridos adornos que le daban a la sala un aspecto mágico y acogedor. El silencio de la casa llenaba su corazón de una expectación creciente.
Cuando llegó al árbol, Max miró las cajas de regalos con asombro. Eran enormes, envueltas en papel brillante, cautivadoras e irresistibles. Buscó la que llevara su nombre, pero ninguna estaba etiquetada. Entonces, vio su etiqueta en el suelo, despegada de su caja. Sin poder contener su emoción, abrazó una caja casi tan alta como él y, con sus pequeñas patas temblorosas, la desenvolvió cuidadosamente.
Unos minutos después, los padres de Max se despertaron con sobresalto.
—¡Oliver! —exclamó Luna—. ¡Nos hemos quedado dormidos!
Ambos se levantaron de un salto, vistiéndose de prisa sin importar si las prendas coordinaban entre sí. Bajaron las escaleras siguiendo las risas y expresiones de júbilo que venían de la sala.
Al llegar al último escalón, Luna detuvo a Oliver y le hizo una señal para que guardara silencio. Max estaba en el suelo, con un trozo de papel de regalo rosado cuidadosamente doblado a un lado.
Entre sus brazos, Max acunaba a una preciosa muñeca gatita de pelaje afelpado en un suave tono amarillo crema. Los ojos verdes de la muñeca brillaban con dulzura y curiosidad, reflejando la propia admiración y asombro que sentía Max. Llevaba un vestidito rosa con encaje y pequeños lazos, y sus patitas delanteras estaban cubiertas por unos guantes blancos que le daban un aire sofisticado. Algunos vestidos y accesorios yacían en el piso, señal de que Max ya había dedicado tiempo a probarle distintos atuendos de su empaque. Jamás había sostenido algo tan hermoso, que capturara su pensamiento e imaginación como lo hacía esta pequeña gatita.
—¿Te gusta tu vestidito, pequeña Celina? —le susurró Max a la muñeca con ternura, revelando que ya le había escogido un nombre—. Si quieres, podemos probarte otro —continuó—, para que salgamos a pasear y todos vean lo bonita que eres. Eres tan hermosa… Creo que serás mi mejor amiga, siempre.
—¿Qué hacemos? —susurró Oliver, el papá—. Esos regalos son para Lily.
—¡Shhh! —Luna le hizo una seña para que guardara silencio—. Vamos al descanso de la escalera; tenemos que hablar.
Ya en el descanso, Oliver cruzó los brazos, mostrando su impaciencia.
—Esos regalos son para Lily —insistió en un tono bajo pero firme, intentando mantener la calma a la fuerza.
Luna asintió, pero redobló su determinación, respondiendo en un susurro apresurado—: Sí, Oliver, lo sé. Pero… ¿vas a quitársela así, sin más? ¿No viste cómo trataba a la muñeca?
Como si solo hubiera estado esperando esa pregunta, Oliver se giró y empezó a bajar, decidido, o al menos eso hubiera hecho si Luna no le hubiera puesto una pata en el pecho, deteniéndolo.
—No seas tan duro —le susurró con urgencia—. Max está encantado, Oliver. No puedes simplemente arrebatársela así.
Oliver suspiró, mirando al techo como buscando paciencia.
—Tampoco podemos dejársela. No podemos darle todo lo que quiera solo porque se emociona, Luna. ¡Es parte de crecer! Tiene que aprender a enfrentar la realidad.
—¡Shhh! Más bajo, que vas a despertar a Lily —Luna siguió hablando rápidamente, deseando cerrar la conversación lo antes posible—. Sí, estoy de acuerdo, pero al menos dile con tacto, muéstrale su verdadero regalo, y convéncelo de que es mejor que la muñeca.
Oliver asintió, respirando hondo, y comenzó a bajar las escaleras de nuevo. Pero Luna, por segunda vez, lo detuvo, sujetándolo del hombro y girándolo hacia ella.
—¿Y si ya no le gusta su regalo?
—¿Y qué? —Oliver se encogió de hombros y bufó, con una expresión cansada.
—¿Cómo que “y qué”? Lo harás llorar, Oliver. ¿Quieres marcarlo así para el resto de sus días?
—Es un hombre, sabrá afrontarlo. No tendrá todo lo que quiera siempre; es parte de madurar. Tiene que aprender a sobreponerse, ¿o crees que mi infancia fue fácil?
—¿Y tú crees que la mía lo fue? Seguramente pensaste que mis papás eran millonarios cuando te casaste conmigo, ¿verdad? Si con esfuerzos mi papá pudo pagar la iglesia.
—¿Y luego?
—¿Y luego qué, Oliver? Que nuestra infancia haya sido difícil no significa que debamos convertir la de nuestros hijos en un infierno.
—¡Los tienes muy consentidos!
—¡Y tú los tienes muy castigados!
—¿Bueno, y qué? —Oliver levantó las garras, separando los dedos con frustración—. ¿Entonces, que Lily se quede sin regalos? ¿Vamos a arruinarle la Navidad a ella solo porque Max se confundió?
—¿Y qué tal si comparten los juguetes? —sugirió Luna, encogiéndose de hombros y mostrando las palmas.
—¿Y si Lily no quiere? Tiene derecho a rehusarse; es su regalo, y ella decide qué hacer con él —dijo, golpeando los dedos de una pata contra su otra palma para remarcar la legitimidad de los derechos de Lily.
—Bueno, pues —dijo Luna, mordiéndose un dedo—, quizás tengas razón. Pero al menos podrías prometerle a Max comprarle una muñeca más adelante.
—No voy a comprarle una muñeca. No todo se arregla con dinero. ¿Quieres que crezcan pensando que así de fácil se resuelve todo?
—Pues entonces prométele una para su cumpleaños, bobo.
—Max no es tonto —Oliver dio un par de golpes en su frente con un dedo—. Su cumpleaños es en ocho meses, y prometerle algo en ocho meses es como decirle nunca.
—Entonces prométesela antes —respondió Luna, estirando sus garras para mostrar que su paciencia también comenzaba a agotarse—. No te estoy pidiendo que la compres ahora; solo que le des algo de esperanza. Luego, poco a poco, puedes hablar con él, convencerlo de que realmente no quiere esa muñeca, y darle la idea de pedir algo más que podamos comprar.
Oliver asintió, comprendiendo el plan de Luna y listo para actuar según sus indicaciones. Sin embargo, cuando se encaminó, Luna lo detuvo por tercera vez, poniendo ambas patas sobre sus hombros.
—Déjame manejarlo a mí. Te prometo que hoy esa muñeca regresa a patas de Lily. Confía en mí.
Ambos se miraron en silencio, tratando de medir quién era el más indicado para hablar con Max y de qué manera. Al final, Oliver cedió, asintiendo con la cabeza, y Luna respondió con un gesto de gratitud. Bajaron juntos las escaleras, con Oliver siguiéndola de cerca, sin querer perderse ni un instante.
Luna suspiró, alisó su vestido un par de veces y llevó las patas al pecho. Justo cuando iba a bajar el último escalón, un grito resonó desde la cocina.
—¡Mami! —exclamó Lily, emocionada, apareciendo en la puerta de la cocina. Luna y Oliver, preocupados por la situación de Max, habían asumido que su hija aún dormía en su cuarto. Pero allí estaba, en la cocina, quién sabe desde hacía cuánto tiempo, observándolos desde el otro extremo de la sala.
Lily sostenía en su pata un precioso cochecito de latón, pintado como una patrulla de policía. La niña presionó algunos botones en el juguete, y la torreta de luces azul y rojo del vehículo se encendió, así como la sirena. Después, presionó otro botón, y los faros del vehículo se iluminaron con deslumbrantes luces. La niña corrió hacia sus padres.
—¡Mami, Papi! Miren lo que me trajo Santa, ¡es increíble! —Y corriendo hasta donde se encontraban sus papás en la escalera, les mostró con orgullo el vehículo, presentándolo con ambas patas— ¡Tiene luces, las llantas giran con el volante, y las puertas y la cajuela se abren! ¡Las llantas son de goma, tiene de todo! Incluso vino con un oficial para patrullar la ciudad y mantener el orden —mencionó, y abriendo la puerta del juguete extrajo una figurilla de un gato gris con actitud gallarda y decidida, vestido en uniforme de policía.
Oliver y Luna intercambiaron una mirada; quizás esto complicaba sus planes, pero Lily estaba radiante. Al menos, eso pensó Luna, puesto que Oliver recobró su compostura y recordó que había una misión que debían completar.
—Lily, hija —. Se agachó para estar a su altura y colocó una pata en el hombro de ella—, entiendo lo mucho que puede gustarte este juguete, pero debes saber…
Antes de que pudiera terminar, Luna le dio un suave empujón con la cadera, haciendo que Oliver perdiera el balance y acabara en el suelo. Entonces se acercó a abrazar a su hija.
—…debes saber que precisamente por eso Santa te trajo justo lo que sabía que te haría más feliz. Él te conoce mejor que nadie y sabe lo mucho que te gusta perseguir a los malvados a bordo de tu vehículo, ¿no es así?
—¡Sí, mami! Santa lo sabe todo, no hay otra cosa que me hubiera encantado más que este cochecito. Desde que vi el envoltorio y lo abrí, supe que este era justamente el juguete que yo había querido tanto y que Santa pensó para mí.
Más tarde ese mismo día, una bella dama de nombre Celine se admiraba en el espejo de una reputada tienda de ropa, observando su físico y lo bien que lucía un hermoso vestido celeste, repleto de brillantes lentejuelas. Estaba decidida a comprarlo para asistir a un evento importante, una sofisticada fiesta donde se reunirían todos los embajadores del mundo. Pagó el vestido, agradeció a la cajera y salió sosteniendo su costoso y exclusivo bolso rojo con cierres dorados, el cual era su favorito. Mientras caminaba, sus tacones hacían un encantador sonido en el húmedo pavimento de una ciudad recién bañada por la lluvia. Giró su cabeza a un lado y a otro, extrajo su teléfono inteligente y se dispuso a pedir un taxi. Pero en ese momento, un ladrón enmascarado aprovechó su distracción y le arrebató su preciado bolso y teléfono, dándose a la fuga en una motocicleta.
—¡Mi precioso bolso, con todas mis tarjetas! —dijo Max, interpretando a la desconsolada gatita—. ¿Cómo podré asistir a la fiesta de los embajadores ahora?
¡De pronto, se oyó la sirena! El rugido de un muscle car con motor de ocho cilindros y llantas de alta tracción retumbó en las calles.
—Descuide, señorita —mencionó Lily, interpretando el papel de la oficial—. Aquí la oficial Charlotte, lista para resolver el caso. Suba, por favor.
—Pero, no quisiera estorbarle —dijo con consternación la gatita Celine.
—No es ninguna molestia. Este caso requerirá de toda la ayuda necesaria, y voy a necesitar que la única testigo de este crimen me ayude a recrear las pistas de todo lo que sucedió, así que por favor… —. Bajando del vehículo, le abrió la puerta y, tomándola de la patita, la ayudó a acomodarse en el asiento del copiloto. Las dos amigas, listas y decididas, se encaminaron a resolver el caso más importante de la ciudad de Clawson.
Oliver y Luna, abrazados y llenos de ternura, observaban a sus hijos jugar de esta manera por toda la casa.
—Parece que no estuvo tan mal dejarlos quedarse con los regalos “equivocados” —murmuró Oliver a su esposa, dándole un beso en la frente.
—Nunca fueron los regalos equivocados —respondió ella, entrelazando los dedos de su pata con los de él y recargándose en su cuerpo—. A veces los niños nos enseñan cosas maravillosas. Éramos nosotros los que estábamos armando todo el problema, asumiendo lo que querían o no nuestros hijos. Tal vez el verdadero error fue no darnos el tiempo de escucharlos, de ver más allá de nuestras propias ideas y entender qué cosas realmente llenan de alegría a nuestros hijos.
—Tienes razón —contestó Oliver, llevando la pata de su esposa hacia su hocico y besándola en el dorso—. A veces creemos entender a nuestros hijos, pero quizás es solo que queremos ver reflejados en ellos lo que imaginamos para nosotros mismos.
—Así es querido —contestó Luna y se acurrucó aún más en el cuerpo de su esposo—, pero siempre hay tiempo para recapacitar y cada momento podemos intentar hacer las cosas de forma diferente.
Luna suspiró y tras meditar unos segundos, agregó: —Si eso es cierto, ¿qué te parece si aprovechamos la oportunidad de conocerlos de verdad?
—¿A qué te refieres? —preguntó Oliver, alzando una ceja.
—Bueno, a mí no me molestaría unirme y conocer las aventuras de la encantadora Celine y la valiente oficial Charlotte. ¿Qué te parece si elegimos alguno de sus otros muñecos y nos unimos a la aventura?
—¿Lo dices en serio? —comentó Oliver, algo titubeante, con la curiosidad y nostalgia de revivir un juego que hacía años no practicaba. Sin embargo, la chispa en los ojos de Luna y sus hijos lo convenció de que, tal vez, esta vez sería diferente.
—Yo ya tengo a mi personaje. ¡Adelante, capitán Steward! —exclamó con un guiño, antes de dirigirse a la caja de juguetes para tomar al personaje que enriquecería el mundo que se estaba creando en la sala de los Purrlington.