El Experimento de Pepe Le Pew (Fanfic - Español)

  [chapter:Capítulo Uno – ¡El Inicio del Experiment!]

  [uploadedimage:21982008]

  Pepe Le Pew estaba solo en su departamento, paseándose de un lado a otro con una pata presionada dramáticamente contra el pecho. Las persianas estaban cerradas, el aire cargado de colonia amaderada y cada suspiro que daba sonaba como si cargara con el peso del mundo entero.

  —¡Oh!, ¿Por qué, por qué, las damas huyen como conejitas asustadas cada que yo aparezco?

  Se lamentó y se desplomó sobre su sofá de terciopelo—. ¿Acaso no soy encantador? ¿Acaso no soy devoto? ¡Si yo fuera una dama me sentiría… cómo se dice… profundamente halagada!

  Se quedó rumiando en silencio, barbilla sobre la pata, la cola azotando con fastidio los cojines. Entonces, con una claridad repentina, chasqueó los dedos.

  —¡Mais oui! Si las mujeres no pueden explicarse a sí mismas, ¡yo mismo descifraré el misterio! Y para eso… —Adoptó una pose teatral—. ¡Yo me convertiré en una!

  Antes de que la duda se abriese paso, Pepe corrió hacia su computadora. Unos diligentes clics después, se encontró perdido en las maravillas del Catálogo en Línea de ACME: ¡Tinte rosa para pelaje de calidad de concurso! ¡Maquillaje glamuroso! ¡Blusas con hombreras abultadas! Cada clic sonaba a destino.

  —Oui, oui, zis será perfecto —musitó, presionando el botón de Checkout.

  Casi de inmediato—¡ding-dong!—apareció un repartidor con actitud aburrida, caja en mano.

  —¿Ya? Mon dieu, ¡eso fue rápido! —Pepe colmó al hombre con apretones de mano repletos de billetes, antes de cerrar la puerta con un portazo lleno de júbilo.

  Rasgó la caja y los cacahuates de embalaje volaron como confeti. De adentro emergieron los tesoros: Primero, una lata de pintura rosa con rodillo incluido. Pepe lanzó el rodillo a un lado, abrió la tapa y volcó la pintura directamente sobre su cabeza. En segundos, su pelaje pasó del blanco y negro a un resplandor de rosa y nieve.

  Giró frente al espejo y extendió sus brazos para admirarse.

  —¡Magnifique! ¡Desde ya me encuentro radiant!

  Luego vino un perfume neutralizador de zorrillo, que dejó su pelaje oliendo a dulces jazmines.

  —Esta vez, la essence galant de Pepe no será excusa para rehuir a los afectos.

  Después, una faja moldeadora, una blusa de mangas abullonadas con moño en el pecho, una faldita coqueta, un bolso y montones de bisutería. Por último, levantó una curiosa lámina plana que decía: Maquillaje instantáneo. Una sola aplicación.

  —¡ACME, mon cher, tú piensas en todo! —gritó, estampándosela en la cara y de un tirón doloroso ¡voilà! pestañas perfectas, rubor y labios impecables. Pepe se quedó boquiabierto ante su reflejo.

  —Oh là là… si yo no fuera ya yo mismo, me invitaría a salir. Solo falta un nombre. Algo elegante, algo con mystique, algo que cuando se pronuncie suene a musique. Oui… ¡seré Colette!

  Y así, Pepe Le Pew se convirtió en Madeimoselle Colette.

  Frente al espejo, Colette ajustó el moño de su blusa por décima vez. De un cajón sacó una diminuta cámara Go-Pro, la ocultó en el moño y presionó un botón hasta que un LED rojo parpadeó. Con clics expertos en la computadora, la transmisión se puso en vivo.

  —¡Bonjour, mes amis! —se dirigió a la cámara, batiendo las pestañas como alas de mariposa—¡Soy yo, su Pepe! ¡ah non, su Colette! Y hoy demostraré que ser admirado no es una maldición, sino todo un deleite. Oui, probaré en vivo que el problema no es el romance, sino la falta de… ¡apreciación!

  Lanzó un beso al lente.

  —Por cada cien me gusta, mes amis, ¡les daré una hora más de Colette! Sí, oui oui ¡Que la démocratie decida cuánto dura mi paseo!

  Tras un par de contorsiones frente al espejo, Colette se calzó los tacones y se tambaleó peligrosamente fuera del departamento. Una vez fuera se aferró al pasamanos de la escalera como un mono intentando ballet en zancos, pero en su mente, cada tropiezo era una oportunidad para desplegar un nuevo vaivén coqueto.

  Afuera, la ciudad hervía: autos bocinando, palomas huyendo, niños gritando. Colette respiró hondo, esponjó el moño de su cabeza y su blusa y declaró para su audiencia invisible:

  —Mesdames, messieurs… ¡que le experiment commence!

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  [chapter:Capítulo Dos – Un Grosero Monsieur]

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  Al principio nadie prestó atención a Colette. Caminaba por la calle con orgullo, barbilla en alto. A cada paso los tacones resonaban con encanto.

  «Ah, magnifique», susurró para sí mismo. «Me encuentro envuelto en coquetterie».

  Pero pronto llegaron los murmullos:

  —¿Quién es esa señorita?, ¿una mofeta con resaca? —le dijo un transeúnte a su amigo.

  Dos chicas adolescentes pasaron, ocultando sus risas detrás de las manos:

  —¡Hola! Linda falda, ¿estaba de oferta en aliexpress?

  Las orejas de Colette se calentaron. Su andar se tornó rígido, pero tras unos segundos pudo recobrar la compostura. Respingó la nariz y resopló para sí:

  —¡Pardiez! No reconocerían la esthétique aunque las golpeara en el rostro. ¡Non, non! ¿Moi? Yo soy ¡la moda, la diva, le glamur! Yo tengo ese… ¿cómo se dice…?

  Un hombre que pasaba con un café murmuró sin mirarle siquiera: —Aire de prostituta.

  —¡Eso es! Yo tengo ese… aire de… ¿prostituée? —Pepe se detuvo en seco.

  —Ustedes, mes petit amis, ¿creéis que Colette transmite las vibras de una… belle-de-nuit? —le preguntó preocupado a la cámara escondida en su moño, aunque no esperó respuesta. La palabra había caído como bofetada. La garganta se le cerró, tuvo dificultad para tragar saliva.

  —Quizás —susurró, forzando una sonrisa para el público—, quizás debamos reducir un poco el contoneo de caderas. —Y rectificó su paso en un vaivén más discreto, más conservador.

  En la pantalla del móvil, el chat del directo se llenó de vida con comentarios:

  SkunkFan88: ¡Bro! ¡Qué fuerte! Pero es la verdad

  RoseQuartz: No les hagas caso linda. ¡Te ves fabulosa!

  UrbanCoyote: Ten cuidado Pepe. Si sigues así vas a atraer atención no deseada.

  Siguió adelante, pero pronto, un silbido agudo dirigido hacia Colette atravesó la calle.

  Al otro lado, un sitio de construcción se alzaba a medio terminar, con vigas que hacían las veces del esqueleto de un futuro edificio. Un bulldog corpulento con casco se apoyaba en su pala, mirada fija en Colette. Se rascó con el pulgar bajo el casco y sonrió con una afilada hilera de dientes.

  —Eh, damita, cosita linda —lanzó un beso al aire y un gruñido galante—. Ven, tengo algo que quiero enseñarte.

  Allí la calle parecía más oscura, el aire más pesado, la atmósfera más tétrica. Aun así, el orgullo de Pepe le impidió retractarse: «¡Las damas son demasiado tímidas!», se dijo. «¡Pero yo… ¡yo no lo seré! ¡Aquí no tenemos más que a un caballero que solo desea compartir!, ¿non?»

  Avanzó tambaleante hacia él, su corazón retumbó con un presentimiento incómodo.

  Al llegar, el obrero deslizó un brazo alrededor de su cintura y lo atrajo hasta que sus pelajes se empalmaron uno con el otro. Su voz bajó a un gruñido:

  —¿Te gusta esto, muñeca? ¿Lo sientes? ¿Te gustaría ver lo que tengo para ti?

  El pánico se escurrió como hielo por el pecho perfumado de Colette. Sus pestañas parpadearon con sorpresa:

  —Euh… ¡non, monsieur! ¡Me parece que no! —Lo empujó con ambas patas y salió corriendo; sus tacones dibujaron el camino de su huida a manera de hoyos en el cemento fresco.

  El chat explotó en caos:

  SkunkFan88: ¡CORRE!

  UrbanCoyote: ¡Pepe! ¡Te lo advertí!

  HeelEnthusiast: Esto ya se descontroló

  RoseQuartz: ¡Cielos! ¡Cielos! ¡Cielos!

  ChatMod42: Colette.exe ha entrado en fallo crítico

  Colette se escondió tras un farol, jadeando, su pelaje humedecido por el sudor bajo el encantador tinte rosado. Tenía el labial corrido y el pelo crispado. Miró un instante su reflejo desaliñado en el espejito compacto.

  «…Non, non, fue sólo un patán», se dijo entre dientes. «¡Eso le pudo haber pasado también a Pepe! ¡Esto no tiene que ver con la linda faldita, ni con el moño, ni con el hermoso pelaje rosado! No podemos rendirnos al romance sólo por un Monsieur sin modales».

  Se retocó el maquillaje, esponjó sus hombros y forzó un paso firme otra vez. Frente a él se extendía el parque; sus árboles que se alzaban a la distancia prometían una aventura más feliz.

  —Se los digo a todos, no me harán caer. Seguiré adelante por el experimento —dijo con su renovado tono teatral—, por el amor, ¡por la Résistance!

  Y con eso, marchó hacia el parque, los tacones resonando contra el pavimento como un desafío.

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  [chapter:Capítulo Tres – El Helado de Fresa se Encuentra Sobrevalorado]

  Las calles de la ciudad nuevamente se pintaron para Colette como una pasarela, así que no dejó pasar la oportunidad. Sus tacones seguían repicando con gracia, su cola se balanceaba con gran pompa y, de vez en cuando, se detenía para sostenerse de un poste y posar, como si quisiera anunciar: Estoy bien, mundo. Vine a conquistar.

  Pero por dentro, seguía sacudido. El encuentro en la obra lo carcomía. Así que, cuando al borde del parque apareció un carrito de helados bajo un toldo a rayas pastel, casi lloró de alivio.

  —Esto… —suspiró llevándose una pata al corazón— es justo lo que una dama delicada necesita: un dulce frío para un día caluroso… y una palabra amable para el alma cansada.

  El vendedor, un gato regordete con tirantes, levantó la vista con una sonrisa ensayada.

  —Muy buenos días, señorita. ¿Qué tendré el placer de servirle hoy?

  Colette se apoyó en el carrito como si posara para un anuncio de perfume, pestañas revoloteando.

  —Una bola de fresa, s’il vous plaît. La fresa siempre ha sido… el sabor favorito de Pepe. Digo ¡de Colette!

  El gato rio, ocupado con la cuchara: —¿Con chispas y jarabe?

  —Mais oui. ¡Sumérgelo en dulzura, para hacer juego con la desbordante personalidad de su devota clienta!

  El cono apareció coronado no con una, sino tres bolas, brillando al sol. Colette jadeó:

  —¡Mon dieu, c’est magnifique!

  —Hoy la casa invita —dijo el vendedor con un guiño—. Para usted, señorita, el helado corre a cuenta de este humilde servidor.

  Colette sonrió y asintió:

  —¡Qué amabilidad! Sabía yo que esta ciudad escondía caballeros entre sus hermosos parques. ¡Merci, Monsieur, merci!

  Dio media vuelta, dispuesto a saborear su preciado postre, cuando el gato carraspeó:

  —Un momento, señorita.

  Colette se detuvo: —¿Oui…?

  —Me parece que no me ha agradecido el helado —dijo el gato con aire de despecho.

  —Pero sí lo hice —replicó Colette.

  —Sí, pero fue tan… frío. Tan distante. ¿No cree que merezco un agradecimiento más… acorde al helado que le entregué?

  Colette ladeó la cabeza. —No lo entiendo Monsieur, ¿a qué tipo de agradecimiento se refiere?

  El gato se inclinó sobre el carrito:

  —Quizá no sé… un beso. Uno chiquito, apenas un roce. Sólo por diversión. Nadie está alrededor, nadie tendrá por qué saberlo. ¿Qué dice?

  El calor del sol hizo que el helado se deslizara en un gesto de decepción. Las orejas de Pepe se sacudieron. Balanceó sus bigotes de un lado a otro. Por dentro, su orgullo libraba una batalla: «Fue amable, ¿non? ¡Te entregó helado de fresa de manera gratuita! ¿Y acaso no siempre te quejas de que las damas nunca dan nada a cambio?».

  Se aplicó más perfume en el pelaje y le dijo al gato: —Imagino… que un petit bisou no puede hacer daño a nadie, ¿non?

  Se inclinó y acercó su hocico al del vendedor en apenas un roce. ¡De pronto! Sintió cómo el gato le sujetó el brazo con una mano y la espalda con la otra para apresarlo. El beso no terminó, se prolongó, se intensificó, fue invasivo.

  Colette chilló, forcejeando contra el agarre. El pánico se infiltró en sus venas. Con un esfuerzo desesperado, se zafó, sujetó su bolso y ¡PAM! resonó un golpe seco en el hocico del gato.

  El cono cayó y se estrelló contra los adoquines como un corazón roto.

  —¡Basta! —gritó Colette, la voz quebrada, los ojos llenos de lágrimas. Se alejó de prisa, las manos cerradas en puños.

  El vendedor se frotó la nariz y sonrió con malicia:

  —¡Señorita! Se le cayó el helado —gritó—. Tengo más aquí para usted —rio.

  Pepe giró sobre sus tacones, la cabeza en alto, pero con puños temblorosos: —¡Puede quedarse con sus helados, Monsieur! —declaró—. ¡Pues yo considero que la fresa se encuentra… sobrevalorada!

  Las reacciones del chat no se hicieron esperar:

  SkunkFan88: Mantente fuerte, diva Colette.

  RoseQuartz: ¡La nueva Lady helado de fresa!

  UrbanCoyote: ¡Pepe! ¡Colette! Jamás aceptes helado de un patán.

  HeelEnthusiast: Buenos movimientos, haz un video de defensa personal con bolsos.

  ChatMod42: ¡Colette, los besos no se regalan a cualquiera!

  Se alejó tambaleante, los tacones repicando con furia, hasta que el toldo desapareció tras él. El aire se volvió pesado, y la dulzura de la fresa permaneció en su olfato como un perfume agrio.

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  [chapter:Capítulo Cuatro – Un Croissant Bajo la Lluvia]

  Por primera vez desde que comenzó su gran plan, Colette no se sentía como un experimentador galante ni como una dama esplendorosa. Simplemente se sentía… pequeño. Caminó más adentro del parque, hasta encontrar una banca en la que dejarse caer.

  La Go-Pro seguía parpadeando en rojo. Su público lo observaba. Miró las palmas de sus manos sin saber por dónde empezar. No estaba listo para aceptar la derrota, pero tampoco se sentía capaz de continuar.

  Se hundió aún más en la banca, las patas desprovistas de helado aún temblaban. Con un delicado pañuelo de encaje, se secó las lágrimas antes de inclinarse hacia la pequeña cámara oculta en su moño.

  —Mes amis… —su voz vibraba como cuerda de violín un poco desafinada—. ¿Qué hice mal, eh? ¡Yo fui educado! ¡Yo sonreí! ¡Dije merci beaucoup! ¡Incluso lo regalé con un pequeño… cómo se dice… despliegue de mi encanto!

  Parpadeó hacia la cámara, aunque el rímel se le había corrido en surcos que harían las delicias de un pintor gótico.

  Revisó el chat en su teléfono, que equilibró con cuidado sobre la rodilla:

  StrawberryQueen88: bro, ¿acaso estás audicionando para El Cuervo?

  PoodlePrincess77: ¡no es tu culpa! Ese heladero fue súper creepy

  SkunketteX: No lo voy a negar, la falda sí está muy corta, la gente juzga :( solo digo

  RomanceGuru21: regla #1: nada es gratis, nunca

  Pepe entrecerró los ojos ante la cascada de comentarios:

  —Entonces… ¿creen que… quizás algo de esto fue mi culpa? ¡El me pidió un beso, yo se lo di! ¿acaso… soy yo el tonto?

  El chat tronó como tormenta digital:

  SympatheticSalamander: no te culpes, ese tipo de intentó manipular

  HahaLOL69: sí, eres el tonto 😂 Ya supéralo

  PinkDuchessFan: aw, no llores, igual sigues viéndote lindo 💜

  Pepe se llevó una pata dramáticamente al pecho:

  —¿Aun lindo… incluso con ríos de rímel?, ¿eh? Me halagan. —Intentó reír entre sollozos.

  Se inclinó hacia la lente, susurrando con exagerada seriedad: —Vamos a dejar esto claro. Díganme con honestidad, mis pequeños espectadores… si a ustedes los cortejara un caballero en el parque con un helado gratis… ¿le darían el beso? ¿O, como un mosquetero con el honor herido, dirían: “Non merci, ¡La fresa está sobrevalorada!”?

  El chat se partió en opiniones: algunos confesaban que sí habrían besado por el helado, otros insistían en que “una dama vale más que cualquier helado”. Las orejas de Colette se alzaban y caían con cada nuevo comentario, como un barco zarandeado por olas digitales.

  Finalmente, levantó las patas en rendición. —¡Alors! Parece que el amor es más complicado de lo que incluso Pepe imaginaba. Quizás no sólo debo vestirme como una dama, también debo aprender a pensar como una. Debo saber cuándo un “gracias” es suficiente y cuándo un beso es demasiado. Mes amis, ¿ustedes me enseñarán?

  Sollozó, luego ofreció a la cámara una media sonrisa temblorosa. Sacó su espejito compacto. Su reflejo le devolvió la mirada y observó la cara de un payaso que hubiese salido de una casa de espantos.

  —¡Non, non, non! —se reprendió—. ¡Una verdadera dama no se deshace en una banca del parque como un croissant triste olvidado bajo la lluvia! ¡Voilà!

  Se reaplicó un poco de color, desempolvó la falda y forzó una nueva sonrisa para la cámara escondida en su blusa: —¡El experimento continúa!

  El chat se llenó de una mezcla de compasión y memes:

  HoloBrother: Ahora sí tienes la actitud de toda una dama.

  SnarkyDude: ¡Tú puedes, Colette! Sólo compra toallitas desmaquillantes.

  TooManyCats: ¡10 mil likes en camino!

  —Eh bien —murmuró Colette y abrazó su bolso como si fuera un escudo—, quizá este conjunto sea… cómo se dice… demasiado llamativo. Un tanto pasado de coqueto, demasiado a gusto del cabaret. Si el mundo me encuentra escandalosa, entonces Colette se volverá recatada.

  Y así, con dignidad, y el ocasional tropezón, partió hacia la zona de boutiques, cada paso una promesa silenciosa de que, con las lecciones aprendidas, lo que viniese tenía que ser por fuerza algo bueno.

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  [chapter:Capítulo Cinco – De Diva a Costal de Papas]

  La campanilla sobre la puerta de Fleur de Mode sonó como el eco de copitas de porcelana. El aroma a lavanda de saquitos aromáticos se mezclaba con el perfume fresco de telas nuevas. Los maniquíes posaban en sofisticadas poses y lucían vestidos en tonos pasteles que susurraban refinamiento.

  Al instante, Colette sintió que su enorme moño parecía ridículo y que sus mangas abultadas resultaban infantiles en aquel templo de buen gusto.

  —Mon dieu… —susurró, con sus ojos abiertos en asombro y sus patitas juntas—. ¡Un santuario de pliegues y patrones! ¡El mismísimo Edén… pero de telas y colores!

  Deambuló entre los percheros, acarició cuellos de encaje, presionó blusas contra su pecho, acaricio suaves abrigos de fina piel, recorrió todo el lugar dejando un par de percheros girando como borrachos. Sus patas rozaban cardiganes suaves como el reconfortante abrazo de una amante. Cada prenda prometía una experiencia que su guardarropa jamás había conocido.

  Entonces lo vio: una falda plisada y tornasolada, justo a la altura de la rodilla. La levantó con alegría para admirarla, la colocó por encima de su cuerpo y se observó frente al espejo, su cola se balanceó con emoción.

  —¡Equilibrio! Coqueteo y fineza, todo en armonía. ¡Esto hará a todos estallar en admiración, oui!

  Pero detrás de una hilera de blusas, surgieron voces en susurro:

  —Dios mío —dijo una mujer—, está demasiado rellenita para ese corte.

  —Ya sé, ¿verdad? —susurró otra voz—. Y qué gusto tan escandaloso, como para un show de burlesque.

  —Honestamente, hay gente a la que le queda mejor estar envuelta en una sábana.

  Luego risitas ahogadas. Las palabras lo golpearon como tres dardos. Sus orejas se abatieron, su cola se apagó, y la tela brillante entre sus patas se convirtió, de golpe, en una mofa.

  —¿Rellenita…? —murmuró al espejo—. Pero… ¡este cuerpo ha perseguido a incontables bellezas por los tejados de París! ¿Rellenita? ¿Moi? ¿El gran zorrillo?

  Colocó la falda de nuevo en su gancho como si fuera contrabando: demasiado preciada, pero demasiado peligrosa para tocarla otra vez. Desde ese momento no se atrevió a mirar las piezas radiantes. Sus patas se dirigieron solo hacia lo apagado: una falda marrón larga y sin forma, un suéter abultado de lana, tan desabrido como su apagado entusiasmo.

  —Esto servirá —suspiró con la gravedad de un condenado—. Mejor ser simple que… ridiculizado.

  La dependienta le dedicó una sonrisa cortés en la caja. Colette no la devolvió. Se enfundó en su nuevo disfraz, instaló el moño con la cámara oculta sobre su nuevo suéter, metió las viejas prendas en la bolsa y salió con la resignación de un prisionero camino al cadalso.

  Afuera, el suéter picaba. La falda se arrastraba húmeda sobre los adoquines. Incluso las joyas que había elegido tintineaban como cascabeles oxidados, dignos de un carrito de cacharros. Se vio reflejado en el escaparate de un café: una figura antes deslumbrante, ahora encorvada y tragada por el marrón.

  —Sacré bleu… —susurró—. De diva… a costal de papas.

  El chat en su teléfono zumbó como enjambre de mosquitos:

  WildHorse32: bro, se trataba de ser discreta, no de vestirte de pordiosera

  LeFrenchRevolutione: La venganza del croissant triste, ahora con un nuevo suéter

  LaFashionDiva: hasta el estilo burlesque era mejor, y eso ya es mucho decir

  Colette apretó el suéter contra sí, abrazándolo como si su vida dependiese de él. —Non, esto es virtud. ¡Modestia! ¡Discreción! ¡Seguridad!

  Pero el escaparate fue despiadado: su pelaje rosado aún se asomaba bajo la lana apagada, la bisutería se confundía con una colección de piedras, y su orgullosa cola arrastraba detrás como una escoba. Se estremeció.

  —Quizás… —murmuró— pasar inadvertido es aún más difícil y valiente, que brillar como una antorcha.

  Y con eso, Colette empujó la puerta del café, listo para internarse en el escenario de su siguiente acto.

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  [chapter:Capítulo Seis – No Más Besos de Pepe]

  A nadie parecía importarle la apariencia de Pepe en este lugar, pues los parroquianos se componían de bohemios, artistas e intelectuales. En poco tiempo, Colette ya estaba sentado frente a una mesa, disfrutando de una taza de cappuccino.

  —¡Exquisito! —declaró Colette a la transmisión y levantó la taza de porcelana como si fuera una reliquia—. ¡La civilización misma, capturada en una taza de espumosa perfección!

  El chat encontró simpática su reacción:

  BigJoker: ¿Para cuándo el canal de reseñas de café? 😂

  MisKittyPaws: Te queda bien el bigote de espuma

  DearOrion2: Nada dice fashionista, como ir a una cafetería hipster a tomar café a sobreprecio

  Colette se limpió los bigotes con delicadeza usando una servilleta y dedicó una pose a su audiencia, envuelto en el suéter sobredimensionado como si fuera la modelo de una revista de moda. Por primera vez desde que había salido esa mañana, se sintió… casi sereno.

  Hasta que…

  El barista apareció y dejó sobre la mesa una segunda taza de cappuccino, acompañada de un diminuto macarrón y un asentimiento de cabeza.

  Colette parpadeó: —Pardon-moi, Monsieur, pero no recuerdo haber pedido un dueto de cafeína.

  —Es cortesía de la casa —respondió el barista, con voz amable pero cansada y le dedicó un respingo de cejas.

  De inmediato, Colette se puso rígido y revolvió furiosamente en su bolso hasta sacar un billete arrugado, que planchó y deslizó sobre la mesa cual si se tratase de un tratado diplomático. —¡Ah no, Monsieur! ¡Se equivoca si piensa que conseguirá más besos de Pepe-eh, quiero decir, de Colette! ¡No, nunca más!

  El barista se detuvo, sorprendido, y luego soltó una carcajada cálida; le deslizó el billete de regreso. —Tranquila amiga. Es hora feliz. Todas las bebidas se sirven dobles.

  Colette sonrió nervioso, luego se desplomó en la silla, con una pata al pecho en señal de alivio. —Mon dieu. Yo preparándome para una nueva afrenta, cuando todo esto se trata de… ¿una cortesía? —Sus orejas se cayeron, para luego alzarse otra vez—. Perdone a la pobre Colette, ha estado bajo… ¿cómo se dice? Mucho estrés.

  —No pasa nada —dijo el barista con amabilidad—. Eres una chica simpática. Disfruta tus bebidas.

  Colette arqueó una ceja, extrañado. —Me dice simpática y se retira, ¿así sin más? ¿Se marcha sin pedirme mi número de teléfono? ¿Una cita? ¿O quizá… algo más siniestro?

  El barista rio de nuevo, sacudiendo la cabeza. —No lo dije con ninguna intención. Fue un cumplido. Eres linda, nada más. Pensé que te gustaría saberlo.

  Una sonrisa lenta se dibujó en los labios pintados de Colette: —Linda… —susurró, saboreando la palabra como un caramelo—. Bueno, si es así, merci, Monsieur, merci.

  —Que tengas buen día —dijo el barista y le dirigió una pequeña inclinación de cabeza antes de volver al mostrador.

  Solo, Colette contempló las dos tazas humeantes frente a él. El suéter ya no picaba, se había acostumbrado a la sensación y sus patas ya no temblaban. La jornada de insultos y peligros comenzaba a dibujarse como un recuerdo lejano. Por primera vez, tuvo una nueva sensación bajo su disfraz: un calor tranquilo, ligero pero constante.

  «Quizás… hay buena gente en esta ciudad», pensó, y admiró el vapor elevarse desde su taza. «Quizás no todos son crueles, o burlones, o peligrosos. Quizás, solo quizás, hay esperanza».

  Se ajustó el moño del pecho y de la cabeza, se irguió un poco más y levantó su cappuccino hacia la cámara con una sonrisa triunfal.

  —Mes amis… ¡Que quede claro! ¡No más besos ni coqueteos de Pepe ni de Colette! ¡Sólo cappuccino y tratos cordiales!

  El chat respondió con alegría:

  ChatMod42: ¿Lo has entendido Colette?, ¡así se siente una interacción normal! 🎉

  HeelEnthusiast: Colette descubre lo que es ser tratado como a un ser humano

  UrbanCoyote: Like para el barista

  Con eso, Colette apuró la taza y se acomodó para disfrutar de la segunda, con un espíritu renovado. El día había sido una batalla, pero por fin llegaba la ansiada tregua.

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  [chapter:Capítulo Siete – Diez Mil Likes]

  La campanilla del café volvió a sonar.

  Pepe, absorto en el sabor de su cappuccino, ni siquiera levantó la mirada, hasta que una voz suave acarició sus orejas:

  —Excusez-moi, ¿está ocupado este asiento?

  Frente a él estaba una gata de pelaje azul grisáceo, sedoso, con ojos color miel y un moño en el cuello. Su sonrisa era dulce, pero segura. Colette le agitó una pata en señal de invitación:

  —¡Oh! Non, non, Madeimoselle. Está libre. ¡Por favor, siéntese!

  Cuando ella se acomodó con gracia en la silla, el teléfono de Pepe se iluminó con una explosión de comentarios:

  LonelyWolf222: ¿NO PUEDE SER? ¿Pepe sentado con una chica?

  BubbleFairy: LOL Colette consigue más chicas que Pepe 😂

  BlingBling: ¡Pepe, mira NADA MÁS lo que entró! 😍

  —Merci —dijo ella y juntó sus patas sobre la mesa con delicadeza—. Me llamo Béatrice. Soy nueva aquí, vengo de Francia, y… no conozco a nadie todavía.

  Los párpados pintados de Pepe revolotearon:

  —¡C'est incroyable! Yo soy de Francia también —Se detuvo en seco, mudo ante la claridad de su mirada. Luego, recobrando la compostura, añadió—: Será un placer compartir la mesa, pero dígame, Madeimoselle, ¿sabe usted quién soy?

  Su cola se movió con un leve gesto juguetón: —Oui. Usted es Madeimoselle Colette. —Hizo una pausa—. O… ¿debería decir Monsieur Pepe?

  Pepe casi se atragantó con la bebida y escupió espuma sobre el platillo. —¡¿Q-qué?! ¿Lo sabe? ¿Pero… cómo?

  Béatrice tocó su móvil con una sonrisita pícara:

  —He estado viendo tu transmisión. Desde el principio. Eres… —inclinó la cabeza, pensativa—, lindo. Muy dramático, oui, pero aun así, lindo.

  La cola de Colette se desplomó, sus orejas se hicieron hacia atrás: —Mon dieu. Creo que no lo entiendes. Yo soy… ¡Una amenaza! ¡Un lobo usando colonia! ¡Pepe el Monstruo! ¡El Demonio, la peste, el tormento de toda dama! ¡Seguro que sabes esto!

  Los ojos miel de ella se suavizaron. —Non. Yo no veo ningún monstruo. Yo veo… a Colette.

  Él se llevó las patas al pecho: —¡Sí, pero también he sido imprudente! ¡Ciego! ¡He perseguido, he asustado, yo hago huir a todas a cada vuelta de la esquina!

  Béatrice extendió una patita, apoyándola suavemente sobre la suya: —Si eso es cierto, parece que has aprendido tu lección. Y eso… basta. Cuéntamelo, si quieres, mientras compartimos un café.

  El barista se acercó, ella pidió su bebida. Una vez llegó la taza, comenzaron a charlar y por primera vez Pepe habló sin teatralidad. Compartieron recuerdos, torpezas, pequeños triunfos, vergüenzas y confidencias contadas entre risas y una que otra lágrima.

  Cuando el silencio por fin se asentó, los ojos de Colette brillaron con destellos de realización. Susurró:

  —Jamás… jamás en mi vida había conversado con una dama de forma tan… pacífica. Sin persecuciones, sin llantos, sin caos. ¡Mon dieu! podría acostumbrarme a ser Colette.

  —Y yo —respondió Béatrice, mirándolo a los ojos—, podría acostumbrarme a tener a una nueva amie. Una linda confidente de nombre Colette. —Rio suavemente.

  La cafetería parecía más luminosa, el cappuccino más dulce, el ambiente más cálido. Por primera vez, Pepe no sintió que estaba actuando en una búsqueda desesperada de romance; simplemente se sentía en paz, siendo él mismo.

  La Go-Pro aún parpadeaba en rojo. El chat reaccionó:

  ByteMeNot: Beatrice + Colette = ¡Mejores amigas!

  GlitchQueen: 💜 Demasiado tiernooo 💜

  Pepe se inclinó hacia la cámara, una sonrisa tímida en los labios. —Mes amis, quizá este sea el giro más inesperado de todos. Porque yo buscaba ser adorado, pero en cambio, he encontrado a una buena amiga.

  Entonces ¡bzzz! Su teléfono vibró sobre la mesa. Pepe lo miró y sus ojos se abrieron por completo.

  —¡Mon dieu! Diez. Mil. ¡Likes!

  El chat rugió:

  SirSwoon: ¡Eso equivale a 100 HORAS, Pepe!

  EchoOfElegance: Lo juraste, ¡nada de echarse atrás!

  VelvetWhisper: 🌸 ¡Maratón de Colette en camino! 🌸

  GhostInTheChat: RIP Pepe, fue un gusto conocerte

  Pepe se golpeó la frente, dio un par de giros y se desplomó sobre la silla. —¡¿Cien horas?! ¡Mis verdugos! ¡Quieren verme desmoronarme como una soprano trágica en el tercer acto! ¡Mi maquillaje se secará, mis patas se llenarán de callos por los tacones, pereceré bajo una montaña de toallitas desmaquillantes!

  La pantalla se llenó de rosas, carcajadas y corazones latiendo.

  Con un suspiro largo y teatral, se irguió, alisó el moño de su cabeza y se puso de pie:

  —¡Très bien! Pepe—non, Colette—jamás rompe una promesa. ¡Tendrán sus horas! Pero… —alzó el dedo con severidad hacia la cámara—, ¡no en una sola sesión infernal! ¡Non! En gloriosas entregas. ¡Mientras dure el aplauso, así durará el reinado de Colette!

  Béatrice rio suavemente, encantada con las payasadas de Pepe.

  Él miró alrededor del acogedor establecimiento, su taza vacía, la sonrisa cálida frente a él. Por primera vez en años, su corazón no se encontraba envuelto en soledad.

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  [chapter:Epílogo – El Experimento de Fifi]

  La luz roja de la cámara parpadeó dentro de la carcasa de tapicería color vino, de un coche abandonado; el apartamento improvisado de Fifi La Fume. Fifi se sentó erguida, perfectamente encuadrada por el lente de una cámara. A su lado descansaba una pequeña pila de maquillaje y accesorios. Inició su transmisión con una palmada teatral.

  —¡Bonjour, mes amis! —anunció con voz firme y segura—. Hoy la transmisión comienza con… ¡una queja! Porque estoy harta, harta, de Monsieur tras Monsieur caminando por la vida como si el mundo les debiera reconocimiento, respeto, atención… ¡simplemente porque el mundo fue construido para ellos!

  Levantó un gran bigote falso y lo colocó con una palmotada sobre su labio superior: —Por eso oui, el día de hoy, me convertiré en Monsieur Fifi. Y para el anochecer, seré respetada. Conseguiré una propuesta de trabajo generosa. Y—¡Ja!—volveré acompañada de al menos dos damas. Oui. ¡Al menos dos!

  La cámara hizo un ligero zoom mientras ella completó su transformación: un saco a rayas con hombreras, un fedora, una corbata y unos zapatos bien lustrados. Ensayó una voz grave y áspera: —Parfait. Una nueva identidad. Un mundo por conquistar, bien sûr.

  Segura, Fifi salió de su coche y avanzó por la ciudad. Su cola se agitó detrás de ella como metrónomo. La calle zumbaba con el caos de siempre.

  No llegó a recorrer ni media cuadra cuando distinguió a un zorrillo de aspecto rudo y fornido, con brazos cruzados como esculpidos en piedra, apoyado contra una pared de ladrillo. Sus ojos se clavaron en ella al acercarse.

  —¿Qué miras? —gruñó y frunció el ceño—. ¿Tienes algún problema, bigotitos? ¿Tienes algún asunto conmigo… o andas buscando pleito?

  Fifi se quedó helada. Sus bigotes temblaron, su cola se erizó y el falso mostacho amenazó con despegarse. Su respiración se cortó: —Sacrebleu! —exclamó, con los ojos abiertos de par en par.